miércoles, 15 de abril de 2015

¡A otro caldo con ese puerro!








Si estuviera en mis manos hacer una reedición de un diccionario argentino actualizado, al llegar a la palabra lujo, pondría: puchero. Pero como la posibilidad de escribir un diccionario está lejos de mi como la del abaratamiento de la verdurita, he buscado consuelo en la Filosofía: “La Filosofía no rechaza ni prefiere a nadie: ilumina a todos” (SENECA). Pensando en el triste destino de los puerros, que siempre se los mete de cabeza en la olla y nadie pregunta por ellos, decidí inventarles otra suerte. “Nunca se va tan lejos que cuando no se sabe a dónde se camina” (ROBESPIERRE). Comience, entonces, por cortarle la respiración a un pollo. Pélelo, límpielo, córtelo en presas, lávelas, séquelas y sazónelas con sal y generosa pimienta. Ponga luego aceite en una cacerola y fría en el las presas, a fuego vivo, hasta que estén bien doraditas. Escúrralas, deseche el aceite de la fritura y, sin limpiar la cacerola (el fondo de cocción es a las salsas lo que el espíritu a los cuerpos) agréguele 120 gramos de manteca y ¼ kilo de puerros perfectamente pelados (¡ninguna hoja dura, por favor!) y cortados en rodajas finitas. Entonces tape la cacerola, reduzca el fuego y deje que el pollo se cocine al vapor, agregando de tanto en tanto chorritos de caldo para que el pegote de la cacerola se ablande y vaya formando una salsa oscura exquisita. Cuando el pollo está cocido – y como soy maniática de todo lo crocante – acostumbro a escurrir las presas, ponerlas en una fuente térmica y mantenerlas en horno caliente hasta que estén sequitas. Mientras, aprovecho para hacer hervir rápido la salsa así se reduce y espesa. Y luego me ingenio para presentar todo del mejor modo posible: el pollo en el centro de una fuente; alrededor papas fritas a la cucharita; y la salsa aparte, para que los invitados se den cuenta que en el pollo de todas las semanas está ocurriendo algo distinto. ¿Qué si el pollo sería capaz de darle las gracias al puerro? “Es muy difícil pensar noblemente cuando sólo se piensa en vivir”. ¡Kikirikiiiiiiiii!