miércoles, 24 de noviembre de 2010

Rabas



Dado que últimamente los calamares – como las vacas – suelen quitarse la edad y resultan durísimos, he recurrido a métodos más violentos para poder tiernizarlos. En cocina, sólo en cocina, algunos intelectuales tienen razón: “La fuerza engendra el júbilo”.



  1. Limpie los calamares como sólo yo sé hacerlo: nada de piel, nada de “relleno”, nada de nada. Nada más que los cuerpos, bien limpitos por dentro y por fuera. (El gato, agradecido).
  2. Metalícese como si fuera a hacer milanesas: ponga el cuerpo de un calamar sobre la tabla de picar y, con lo más duro que tenga a mano (una maza de madera, la mano de un mortero, un nuevo plan económico), péguele sin lástima, de ambos lados, hasta que parezca un lenguado. (¡Eh…! ¡Es sólo un chascarrillo!).
  3. Ponga a hervir los calamares así torturados en abundante agua con sal. Al cocinarse, ¡se inflarán de lo lindo! Déjelos nadar hasta que, al pincharlos, estén tiernos.
  4. Escúrralos y corte en rodajas.
  5. Bañe las rodajas en pasta común de pan queques y fríalas en aceite bien caliente, hasta dorarlas de ambos lados.
  6. Escúrralas sobre papel absorbente y sale a gusto.

P.D. de Miriam: parece que gustaron en la mesa de Blanca porque el día de la entrevista, entre el fotógrafo y mi hija Irina (que me acompañó) se las devoraron todas.