domingo, 17 de agosto de 2014

Postre de invierno







La alta cocina siempre echa mano a recursos exquisitos para deslumbrar a los comensales. Por ejemplo: prenderle fuego a un plato. Pero casi siempre esos platos están ubicados en una galaxia muy distante a la de nuestras posibilidades: cerezas flambées, faisán al coñac, crepes Suzette… ¿Y si hacemos lo mismo con un budincito de tres por cinco? “Dadme un punto de apoyo y moveré la Tierra y el Cielo” (ARQUÍMEDES). Aquí está: bata 8 yemas con 200 gramos de azúcar hasta que estén bien pero bien espumosas. Entonces agrégueles 6 cucharadas de ron (o lo que encuentre en el bar) y después mézcleles 4 claras batidas a nieve. Una todo suavemente, vuelque en budinera acaramelada y cocine a bañomaría hasta que esté firme, como un flan. Durante la cocción pueden ocurrir movimientos políticos: mientras dura el calor, una subida a primer plano. Y cuando todo está cocinado y frío, un descenso a nivel desconcertante. Pero no se aflija porque – al revés de la política – en la cocina todo fracaso aparente tiene su apoyatura eficaz. Deje enfriar el budín y recién entonces desmóldelo. ¿Vio cómo, en el fondo, se le formó una especie de tocino del cielo? Ahora espolvoréelo generosamente con azúcar, rocíelo con ron (o el licor seco elegido) y en el momento de llevarlo a la mesa, préndale fuego y salséelo. Eso sí: le paso el secreto para que el incendio no falle: un buen chorro de alcohol fino. ¡Bárbaro! ¿Que si queda rico? “A este postre o lo comemos todos o no lo salva ninguno” (?)