martes, 18 de junio de 2013

Todo el poder al bizcochuelo





Soy profundamente democrática y no me deslumbran las investiduras.

Sin embargo, he dado en llamar así al bizcochuelo para hacerle justicia gastronómica.

Creo, como Honorato de Balzac que: “La igualdad podrá ser un derecho, pero ningún poder humano podrá convertirla en un hecho”.

Vale decir, expresándome en términos de cocina, que aunque todas las recetas del mundo tengan derecho a ser importantes, hay algunas (como el bizcochuelo) que por mérito propio sobrepasan a otras en el  amplio espectro de la cocina.

¿Por qué?

Quizá porque tiene alma de “madre”… (“padre”, ¡perdón!).

Si usted aprende a hacer bizcochuelo a la perfección sabrá también hacer placas de arrollado, princesas, todas las clases de “gâteau” que su imaginación pueda soñar y…

¡Hasta las vainillas de la torta siciliana!, que acabamos de aprender a hacer con tanto esmero.

El bizcochuelo pertenece a esa categoría de recetas que deberíamos aprender de memoria porque muchas veces tenemos que recurrir a ellas, porque son como el ABC de la cocina.

Recuerde que esta preparación tiene su “identikit” inalienable.

Se prepara sólo con 3 ingredientes: huevos, harina y azúcar (más el perfume o sabor que le quiera agregar).

Claro que una receta tan simple tiene sus secretos: elegir huevos frescos, tamizar la harina y… ¡aprender a batir hasta obtener el “punto letra”!

Aunque sé que al decir esto usted tendrá todo el derecho de contestarme como San Juan de la Cruz: “Déjate de enseñar, déjate de mandar, déjate de sujetar y serás perfecto”.

Hummm…

¿Conoce usted a alguna cocinera perfecta?