jueves, 12 de marzo de 2015

Membrillo: ¡secreto develado!



Tarde o temprano, en otoño aparecen los membrillos.
Y, junto con ellos, los recuerdos.
Veo a mamá separando la pulpa de la cáscara y las semillas.
Con estas dos últimas hacia la jalea rojiza y transparente que daban ganas de atrapar con la cuchara.
Con la pulpa, preparaba el delicioso dulce de membrillo.
¡Nada que ver con la mayoría de los comprados!
Era un verdadero lingote de dulzura, clarito, color ámbar y de un sabor inigualable. ¿Le cuento como se hace?
Ponga a hervir abundante agua y, en cuanto rompa el hervor, sumerja los membrillos 2 minutos.
Escúrralos y pélelos.
Deseche semillas y cáscaras (o úselas para hacer jalea) y ralle la pulpa (o procésela).
Mida igual cantidad de pulpa rallada (o procesada) y de azúcar y lleve al fuego.
Revuelva y revuelva (con cuidado porque espesa como polenta) y cuando se aglutine formando una “pelota”, viértalo en un molde tipo budín inglés previamente humedecido en agua fría.
Déjelo enfriar muy bien y… ¡desmóldelo como una torta!
Ni se le ocurra esconderlo en un pastelito o una pastafrola.
A lo sumo, conviértalo en “postre vigilante” añadiéndole una tajada de queso. Según la leyenda urbana, el postre “vigilante” nació en una taberna del barrio de Palermo allá por los años ’20.
En aquella época los vigilantes (policías) pedían como postre un trozo de queso y uno de dulce, quizás añorando el Noroeste, donde el quesillo de cabra y el arrope se llevan tan bien.
Ellos reinventaron el postre.
Y una tradición también, que se repite, como no podría ser de otra manera.
Como escribió Jules Renard: “Se diría que nuestra vida es un ensayo…”